Ataque en Teotihuacán: negligencia, fallas de seguridad y consecuencias fatales
Lo de Teotihuacán no fue un accidente ni un “hecho aislado”; fue una negligencia del Estado, de consecuencias fatales.
Un hombre armado recorrió sin obstáculos uno de los sitios más emblemáticos del país, subió a la Pirámide de la Luna y disparó contra turistas indefensos. El resultado —una canadiense asesinada y 13 heridos, incluidos niños— no solo exhibe violencia, sino ausencia total de prevención… México falló donde no podía fallar.
El agresor, con un perfil obsesivo y perturbado, había estudiado otras masacres y planeó el ataque con días de anticipación… Pero reducir la explicación a su condición psicológica es peligroso y, sobre todo, conveniente para la autoridad.
Los individuos no operan en el vacío; necesitan grietas, omisiones y puertas abiertas… Aquí las hubo todas… El gobierno federal y las autoridades del Estado de México no pueden escudarse en el perfil del atacante para evadir lo evidente: no había controles, no había vigilancia suficiente, no había protocolos. La propia presidenta lo admitió al preguntarse cómo alguien pudo ingresar armado… Esa no es duda, es confesión.
Si el país no entiende la dimensión de este golpe y no actúa con rapidez y contundencia, Teotihuacán dejará de ser solo una maravilla del pasado para convertirse, también, en un recordatorio incómodo del presente.



