Marty Supremo: cuando la ambición del sueño americano nubla el verdadero potencial

Desde sus primeros minutos, Marty Supremo deja claro que esta no será una historia de triunfo, sino *un drama de desgaste, pretensión y engaño propio *.
Josh Safdie vuelve al cine con esta cinta que utiliza el deporte solo como fachada para hablar de poder, obsesión y del precio de querer más cuando el sistema nunca está hecho para ti.
¿De qué trata Marty Supremo?
Protagonizada por Timothée Chalamet, la película se aleja del relato inspirador y se adentra en una versión amarga del llamado sueño americano, una donde avanzar implica aplastar, mentir o huir antes de que el entorno te devore.
Ambientada en la Nueva York de los años 50, Marty Supremo se inspira libremente en la figura real del campeón de tenis de mesa Marty Reisman. Aquí, Chalamet interpreta a Marty Mauser, un joven zapatero judío con talento y una urgencia constante por demostrar que es el mejor y único campeón. Tras una derrota clave frente al japonés Koto Endo, se obsesiona por conseguir una revancha que desencadena decisiones cada vez más extremas.
Aunque el ping-pong está presente, esta no trata sobre el deporte, sino sobre lo que ocasiona la ambición y la egolatría en extremo. Deudas, engaños, favores incómodos, relaciones rotas y acuerdos turbios marcan el camino de un protagonista que nunca se detiene, incluso cuando todo a su alrededor empieza a colapsar.
Lo bueno y malo de Marty Supremo
El mayor acierto del filme es, sin duda, Timothée Chalamet. Su interpretación es física, inquieta y sofocante. Cada gesto transmite ansiedad y hambre de reconocimiento. No hay grandilocuencia ni heroísmo: Marty es impulsivo, arrogante y profundamente egoísta. Chalamet construye un personaje que no busca simpatía y al cual el publico disfruta ver las consecuencias de sus actos.
En el apartado técnico, Safdie refuerza esta sensación de presión constante con planos cerrados, encuadres opresivos y una cámara que persigue más de lo que observa. La fotografía utiliza tonos apagados y contrastes duros que convierten los espacios urbanos en extensiones del conflicto interno del protagonista. La música de Daniel Lopatin, con sintetizadores de estética retro, aporta un pulso nervioso que acompaña el ritmo acelerado del relato.
Por su parte, el elenco secundario complementa esta visión. Gwyneth Paltrow interpreta a una actriz en decadencia que funciona como reflejo y advertencia de lo que Marty podría llegar a ser. Tyler Okonma introduce un humor que no rompe la tensión, sino que subraya lo absurdo del entorno.
En los puntos negativos recae la intensidad que define a Marty Supremo también es su principal riesgo. En algunos tramos, la película parece regodearse en su propio caos, prolongando situaciones que ya han dejado clara su intención.
El ritmo, siempre acelerado, no concede descanso, lo que puede resultar agotador para parte del público.
¿Vale la pena Marty Supremo?
Sí, especialmente si buscas un cine incómodo; pues a diferencia de muchas películas donde el esfuerzo garantiza recompensa, aquí las decisiones tienen consecuencias reales y satisfactorias para el público. Marty no sale ileso, no encuentra una victoria clara y el final deja una sensación amarga, abierta, donde no es evidente si el personaje aprenderá algo o simplemente repetirá el mismo patrón.
Calificación: 8/10.



