Revocación de mandato: ¿control ciudadano o propaganda presidencial?
El llamado “Plan B” no busca fortalecer la democracia, sino secuestrarla: convertir las elecciones en un escaparate de propaganda presidencial, usando la revocación de mandato como un rito de culto a la personalidad presidencial y no como un verdadero mecanismo de control ciudadano.
Visto así, la revocación de mandato terminará siendo una ratificación de mandato, porque el gobierno no quiere que la ciudadanía lo evalúe; quiere obligarla a aplaudirlo en las urnas, inundar la conversación pública con la figura de la presidenta y colgar su rostro en cada casilla bajo el disfraz de la “participación democrática”.
Lo verdaderamente obsceno es que se use un derecho conquistado por la ciudadanía —es decir, la posibilidad de quitar a un mal gobernante— como ariete para eternizar su narrativa de campaña permanente.
La revocación de mandato, metida con calzador en la jornada electoral del año entrante, dejará de ser un instrumento de rendición de cuentas para convertirse en un plebiscito tramposo: recursos públicos, estructura gubernamental y propaganda oficial alineados para preguntar “¿quieren que me quede?”, mientras se aplasta el sentido del voto libre.
Eso no es un “Plan B”: es un manual para transformar la democracia en un espectáculo de lealtad obligatoria.
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