De “monstruos” blindados a minas: así evolucionó el arsenal de los cárteles

Hubo un tiempo en que la demostración de fuerza de los cárteles rodaba sobre ruedas. Camiones cubiertos con placas de acero, torretas improvisadas, escotillas de tiro y convoyes de decenas de vehículos recorrían carreteras del norte del país exhibiendo una capacidad de fuego hasta entonces reservada para conflictos armados.
Más de una década después, en los mismos territorios donde surgieron aquellos “monstruos”, la estrategia ha cambiado: los explosivos enterrados en caminos rurales, las minas artesanales y los drones cargados con bombas se han convertido en parte central de la disputa criminal.
La transformación no ocurrió de un día para otro, concuerdan diversas fuentes, que muestran una evolución progresiva del arsenal criminal, desde camionetas reforzadas de manera artesanal hasta sistemas explosivos capaces de convertir comunidades enteras en zonas de riesgo permanente.
El nacimiento de los “monstruos”
La expansión de los vehículos blindados improvisados comenzó a tomar forma entre 2010 y 2012, particularmente en Tamaulipas, en medio de la confrontación entre el Cártel del Golfo y Los Zetas. El estudio Narco Armor: Improvised Armored Fighting Vehicles in Mexico documenta que estos vehículos fueron el resultado de una carrera armamentista impulsada por la escalada de la violencia y por la incorporación de exmilitares y exintegrantes de fuerzas especiales a organizaciones criminales.
La evolución fue rápida, ya que, primero, aparecieron camionetas con protección balística improvisada. Después llegaron las SUV blindadas profesionalmente y las plataformas con posiciones de tiro. El siguiente paso fueron los vehículos blindados de combate improvisados, conocidos popularmente como “monstruos” o “narco tanques”.
Construidos sobre camiones de carga o maquinaria pesada, algunos incorporaban blindaje de hasta 2.5 centímetros de espesor, troneras para disparar, torretas y espacios para transportar contingentes armados. El estudio documenta unidades capaces de movilizar entre 10 y 20 hombres durante operaciones de combate.
Las fábricas clandestinas de guerra
La fabricación de estos vehículos dejó evidencias de una infraestructura cada vez más compleja. En junio de 2011, el Ejército localizó en Camargo, Tamaulipas, una instalación destinada a la construcción de blindados criminales. En el lugar fueron encontrados dos vehículos terminados, dos en proceso de ensamblaje y veintitrés unidades adicionales listas para ser modificadas.
De acuerdo con testimonios recogidos en el estudio, las estructuras eran reforzadas con acero pesado, sistemas de suspensión adaptados para soportar hasta 30 toneladas y componentes sustituidos por rieles ferroviarios para aumentar su resistencia.
La tesis The Impact of Technology and Social Media on the Expansion of Mexican Cartels’ Power muestra que esa capacidad no desapareció con el tiempo. En 2023 fueron hallados vehículos blindados vinculados al CJNG ocultos en un remolque en Cotija, Michoacán; en 2024 fue desmantelado en Sonora un taller donde se fabricaban unidades similares con blindaje artesanal y materiales balísticos.
La militarización se acelera dentro de los cárteles
Los blindados fueron solo una parte del proceso, ya que la investigación de Salvador León documenta que las organizaciones criminales comenzaron a incorporar armas de mayor potencia, incluyendo ametralladoras calibre .50, lanzagranadas y armamento antiblindaje. Incluso se registraron referencias a la presencia de RPG y otros sistemas capaces de perforar vehículos protegidos.
Uno de los ejemplos más representativos de esa etapa fue el vehículo conocido como el “Monstruo”, considerado por los investigadores uno de los desarrollos más avanzados de blindaje artesanal detectados durante aquellos años.
La tesis de León identifica esta tendencia como parte de una transformación más amplia en la que organizaciones como el CJNG y el Cártel de Sinaloa incorporaron equipos y tácticas cada vez más cercanos a operaciones de carácter militar.
El siguiente paso fue conquistar el aire y atacar
Mientras los “monstruos” buscaban resistir enfrentamientos directos, una nueva tecnología comenzó a extender el alcance ofensivo de los grupos criminales.
La investigación de León documenta el uso de drones modificados para transportar y liberar explosivos sobre objetivos rivales. Entre los casos citados figura un presunto ataque del Cártel de Sinaloa en Teocaltiche, Jalisco, así como acciones atribuidas al CJNG en Michoacán y otros municipios donde los artefactos aéreos fueron combinados con bloqueos y agresiones armadas.
Los drones alteraron una característica central del combate criminal: permitieron atacar a distancia y reducir la exposición directa de los operadores. La tesis documenta cómo estas plataformas pasaron de funciones de observación a convertirse en herramientas de ataque capaces de lanzar explosivos sobre campamentos, comunidades y posiciones rivales.
El arma invisible que lo cambió todo
La evolución del arsenal dio un giro adicional cuando los explosivos dejaron de depender de vehículos o aeronaves y comenzaron a colocarse directamente en el terreno.
La tesis señala que el CJNG incorporó minas terrestres e improvisó artefactos explosivos para controlar zonas de conflicto en Michoacán y Tierra Caliente. Estos dispositivos comenzaron a aparecer en caminos rurales, accesos a comunidades y rutas utilizadas por grupos rivales o fuerzas de seguridad.
Uno de los casos documentados por la investigación retoma un reporte de El País sobre la muerte de un agricultor en Aguililla después de activar accidentalmente una mina. Su hijo resultó gravemente herido. El trabajo también registra la explosión de otro artefacto bajo un convoy militar en la zona limítrofe entre Tepalcatepec y Aguililla.
La lógica ya era distinta. Los blindados estaban diseñados para avanzar; las minas, para impedir el paso. Los vehículos proyectaban poder mediante su presencia; los explosivos ocultos transformaban el territorio completo en una amenaza.
De excepción a herramienta habitual
La expansión de los artefactos explosivos improvisados quedó reflejada en los registros oficiales. Datos de la Secretaría de la Defensa Nacional obtenidos por InSight Crime muestran que entre 2020 y 2021 apenas se registraron tres decomisos de este tipo de artefactos. Para 2022 la cifra ascendió a mil 375; en 2023 alcanzó mil 681 y hasta octubre de 2024 se habían contabilizado otros mil 571 aseguramientos.
La expansión también se reflejó geográficamente. Los decomisos que inicialmente se concentraban en estados como Michoacán, Chihuahua y Guanajuato terminaron detectándose en 25 de las 32 entidades del país.
Robert Bunker, fundador de Small Wars Journal-El Centro, resumió la dimensión del fenómeno al señalar que los artefactos explosivos improvisados están ya “completamente integrados en los arsenales de los cárteles”.
Apatzingán, el nuevo laboratorio
La zona limítrofe entre Michoacán y Jalisco se convirtió en uno de los principales escenarios de esta transformación. De acuerdo con InSight Crime, alrededor del 40% de todos los decomisos de AEI registrados en el país se concentra en esa región, donde confluyen enfrentamientos entre el CJNG, Los Viagras, remanentes de la Familia Michoacana, Cárteles Unidos, grupos de autodefensa y otras organizaciones locales.
En Apatzingán fueron localizados inmuebles utilizados para fabricar explosivos. En enero de 2025, autoridades michoacanas reportaron el hallazgo de 60 artefactos en una sola vivienda, presuntamente destinados a ser utilizados mediante drones.
La imagen contrasta con la encontrada años atrás en Tamaulipas: primero aparecieron talleres destinados a construir blindados; después surgieron instalaciones dedicadas a fabricar explosivos.
Así que la evolución es clara, los grupos criminales pasaron de modificar camionetas para resistir disparos, a construir vehículos blindados de combate; posteriormente incorporaron drones para vigilancia y ataques y, finalmente, extendieron el uso de minas y artefactos explosivos improvisados capaces de controlar rutas, bloquear territorios y atacar a distancia.
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