El “Mencho” cayó por amor: así terminó su huida entre el bosque y el fuego

Después de décadas prófugo, Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, el “Mencho”, fue localizado tras una cita sentimental en Tapalpa, Jalisco. La captura desató bloqueos, enfrentamientos y una reacción criminal coordinada desde el estado.
No cayó por un soplón; no cayó por una traición interna… Cayó por algo más simple y más humano: una cita.
Rubén “N.”, alias el “Mencho”, llevaba más de 30 años huyendo. Desde los años 90, cuando comenzó su carrera criminal en Michoacán, ya figuraba en los radares de seguridad. En 2016, Estados Unidos lo colocó en su lista de los más buscados. En 2018, México ofreció 30 millones de pesos por su captura. En 2024, Washington subió la apuesta a 15 millones de dólares.
Pero ni el dinero ni la fama lo delataron. Lo hizo el afecto.
La noche del 20 de febrero, los sistemas de Inteligencia Militar Central detectaron un movimiento inusual: un hombre de confianza trasladó a una de las parejas sentimentales del capo a un conjunto de cabañas en las orillas de Tapalpa, Jalisco. Horas después, ella se reunió con el “Mencho”. Al día siguiente, la mujer se fue. Él se quedó.
Ese detalle —mínimo, casi doméstico— fue decisivo.
Durante años, el capo evitó permanecer más de unas horas en un mismo punto. Esa vez rompió la regla. Se quedó con su círculo de seguridad, confiado en el aislamiento del bosque. Fue entonces cuando la maquinaria del Estado, aceitada durante años, se puso en marcha.
El 21 de febrero, fuerzas especiales del Ejército y de la Guardia Nacional planearon la operación. No hubo improvisación. Fue, como explicó el general Trevilla, una regla básica de la doctrina militar: quien ejecuta, planea.
La madrugada del 22 de febrero, el cerco comenzó a cerrarse.
Cuando la fuerza terrestre avanzó para realizar la detención, el grupo de seguridad del “Mencho” abrió fuego. No fue una defensa improvisada: fue un ataque violento, con armas largas y lanzacohetes, incluido un RPG, el mismo tipo de arma que en 2015 había derribado un helicóptero militar.
Ocho delincuentes murieron en ese primer enfrentamiento. El “Mencho” escapó.
El capo dejó atrás a sus hombres y se internó en la zona boscosa. Matorrales cerrados, terreno irregular, visibilidad mínima. Ahí continuó la persecución. Fuerzas especiales lo siguieron paso a paso hasta ubicarlo oculto entre la maleza. Volvieron los disparos. Un helicóptero fue impactado y tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en una instalación militar en Sayula.
La presión militar fue total.
El “Mencho” resultó herido, junto con dos de sus escoltas. Fueron detenidos. Sanidad Militar determinó que era necesario evacuarlos de inmediato. Un helicóptero descendió para el traslado. El destino inicial cambió por razones de seguridad: no Guadalajara, sino Morelia, y de ahí a la Ciudad de México.
Nunca llegaron. El “Mencho” y sus escoltas murieron en el trayecto.
Mientras eso ocurría en el bosque, la otra cara de la historia se activaba en los pueblos.
Desde El Grullo, Jalisco, su operador más cercano —Hugo H., alias “El Tuli”, encargado de la logística y las finanzas— dirigía la reacción criminal. No estaba en el frente. Estaba dando órdenes.
Desde ahí coordinó bloqueos carreteros, incendios de vehículos, ataques a instalaciones militares y agresiones contra la Guardia Nacional. Según información militar, ofrecía 20 mil pesos por cada militar asesinado. El país comenzó a incendiarse en puntos clave.
La respuesta fue inmediata.
Una unidad aeromóvil de Fuerzas Especiales lo localizó. Intentó huir en un vehículo. Abrió fuego. No lo logró. Murió en el enfrentamiento. Con él se aseguraron armas, municiones y una suma que hablaba del tamaño de la estructura: más de siete millones de pesos y casi un millón de dólares en efectivo.
Para la tarde, los bloqueos comenzaron a ceder. La normalidad regresaba lentamente. Aun así, el Ejército decidió reforzar Jalisco con 2 mil 500 efectivos adicionales, para enviar un mensaje inequívoco: el control territorial no se negocia.
La operación había terminado.
No fue un golpe espectacular para la galería. Fue el cierre quirúrgico de una persecución de décadas. El final de un hombre que creyó que podía seguir moviéndose entre sombras y que, al final, se quedó demasiado tiempo en un solo lugar.
La fortaleza del Estado —dijo el General Trevilla— quedó demostrada.
Y el bosque de Tapalpa guardó el último rastro de uno de los fugitivos más buscados del continente
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